Sorpresas en la mesa.
Sorpresas en la mesa.
por Militza Cordero Santiago
Soy de las personas que cuando viajo me gusta adentrarme verdaderamente en la cultura del país. Está bien visitar los lugares turísticos y de interés, pero lo mejor es ir a los lugares donde la vida cotidiana se desarrolla, donde uno puede apreciar realmente la verdadera esencia de la cultura actual del país en cuestión. En una de mis visitas a la ciudad de Bari, en compañía de mi novio y una amiga nos dispusimos explorar el casco antiguo de esta ciudad. A la hora del almuerzo fuimos a comer a un pequeño restaurante para obreros. Estaba empotrado en una muralla con techo abovedado, mesas largas de madera rustica en donde todos se sentaban a comer. El vino servido en jarras de barro y la comida una sencilla y sustanciosa, no dejando por esto de ser una muy deliciosa. Como ya e mencionado anteriormente en el sur de Italia, en algunas regiones se acostumbra a comer la carne de caballo. Es un plato bastante común en los restaurantes del área.
La anécdota a la que me refiero sucedió en este restaurante del que le estaba hablando. Estábamos esperando a que nos trajeran nuestra orden cuando entraron al restaurante unos turistas norteamericanos. Eran una pareja joven, el clásico norteamericano de clase media alta, muy correctos y amables. Se sentaron en nuestra misma mesa pero... el menú no estaba traducido al inglés; y al ver que confrontaban algún problema para escoger su comida nos ofrecimos a ayudarles traduciéndole el menú por lo cual quedaron muy agradecidos. Todo marchaba estupendamente en la traducción hasta que llegamos al plato de caballo. Como muchos saben en muchos países de América el hecho de comer caballo es algo muy raro y hasta algo repulsivo para las personas más tradicionalistas, como al parecer eran nuestros amigos los norteamericanos. Al decirle que el plato en cuestión era caballo, él me miro extrañado y dijo: “Excuse me”, volviendo a repetirle de que constaba el plato. La cara que puso nuestro amigo valía un millón de dólares, nos miró como si fuéramos caníbales con los ojos desorbitados. Al final ordenaron pescado, pero aun miraban con desconfianza el plato que les entregaron.
Uno de los placeres de viajar es tener la mente abierta para experimentar nuevas costumbres, nuevas experiencias y por supuesto nuevos sabores. Yo por mi parte debo de reconocer que al principio me chocó un poco el hecho de comer caballo y admito que todavía no lo he probado. Pero en buena fé de lo que acabo de proclamar me echo el propósito de la próxima vez que vaya a Italia probaré este plato algo exótico. Ya les contaré mi experiencia.
Échale una ojeada a estos libros, podrían interesarte. Alessandro
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